Para Raúl (Miami):
Hace millones de años que nuestros antepasados matan animales por necesidad, para subsistir. No hay nada de malo en ello, los mismos animales se matan entre ellos, es ley natural. Además, los animales han sido siempre compañeros de los humanos: como ayuda en las labores del campo; en servicios de policía, bomberos, rescate de personas en terremotos y otros siniestros; como animales de compañía y de ocio; en actividades deportivas (carreras de caballos, por ejemplo); en investigación científica (multitud de fármacos se han probado en animales, así como técnicas de trasplante de órganos y muchas otras cosas); etc. Lo importante es reconocer lo valiosos que han resultado siempre para nosotros y que no los despreciemos, aunque sean simples cobayas de laboratorio.
Por otro lado, es completamente lícito defenderse de aquellos animales que, en un momento dado, pueden representar una molestia o un peligro: aplastar un mosquito que nos quiere picar o matar una serpiente para que no nos muerda. Lo que, en mi opinión, no es aceptable, es destruir animales por diversión, o por procesos de investigación innecesarios y absurdos.
Un saludo, Raúl. También a todos los que os habéis tomado la molestia de leer este blog y enviar vuestros comentarios.
Vancouver
EL HOMBRE DEL NEANDERTHAL
Este pariente nuestro, Homo neanderthalensis (por ahora), debe su nombre al señor Joaquín Neumann, párroco de San Martín (Düsseldorf, Alemania) en el siglo XVII. Era amante del arte, componía y tocaba el órgano. Como muchos en su época, había "reconvertido" su apellido, traduciéndolo al griego y quedando finalmente como Neander, mucho más elegante. Después de su muerte, los ciudadanos, que le tenían gran estima, llamaron Neanderthal (valle de Neander) a un bonito y tranquilo valle calizo cercano... en el que aparecerían, en 1856, los primeros restos fósiles del "hombre del valle de Neander", es decir, del "hombre del Neanderthal".
Del libro Tras las huellas de Adán, de Herbert Wendt.
LA BIBLIA Y LOS ANIMALES
Formamos parte de una sociedad profundamente antropocéntrica. Parece que los humanos son los únicos habitantes del planeta. Si acaso, se admite la "molesta" presencia de otros seres, los animales, a los que se desprecia con frecuencia. Sin embargo, hace muchos siglos, ya había quien se permitía opinar de otro modo. Leamos el Eclesiastés: 3, 19-21:
19. "Porque la suerte de los hijos del hombre, y la suerte de las bestias, es la misma; la muerte del uno es como la muerte del otro; ambos tienen un mismo hálito, y la superioridad del hombre sobre la bestia es nula, porque todo es vanidad. 20. Ambos van al mismo lugar; ambos vienen del polvo y ambos vuelven al polvo. 21. ¿Quién sabe si el hálito de los hijos del hombre sube arriba, y el hálito de las bestias desciende bajo la tierra?"
Los seres humanos deberíamos reflexionar y ser un poco más humildes. Sólo somos una pequeña parte de un todo, la Naturaleza.